7 diciembre, 2016. Por

Andrés Calamaro

La nueva ruta del exceso del Salmón
Andrés Calamaro

Andrés Calamaro vuelve a ser, poco a poco, aquel artista excesivo y multi-productivo de los años de El Salmón, cuando colgaba compulsivamente sus grabaciones de manera automática en la web Camisetas para todos, en una suerte de invocación extrema de lo que años atrás ya había explorado con esa serie de Grabaciones encontradas.

Ahora, manteniendo el pulso por esas segundas, recopila rarezas, reúne grabaciones antiguas y se muestra capaz de, como todos los genios, lo mejor y lo peor, lo más sorprendente y lo desconcertante y lo más inaccesible y prescindible de su obra en este Volumen 11.

NO PUEDE PARAR DE CREAR
Así lo ha demostrado los últimos tres años, desde la publicación de Bohemio, su último álbum “formal” de canciones: desde entonces, publicó una versión cinematográfica de aquel álbum protagonizada por su novia, la modelo Micaela Breque ese mismo año; el doble álbum en directo pero de edición independiente Pura Sangre y Jamón del medio; Hijos del pueblo, directo conjunto con Enrique Bunbury; las sesiones de estudio en directo y en formato piano-bar de Romaphonic Sessions que publicó a principios de este año y presentó en gira en España antes de verano, redimensionando parte de su repertorio más ilustre; y hace sólo unos días, un nuevo compendio de rarezas y experimentos que suponen su nuevo álbum, séptimo ejercicio en tres años.

En Volumen 11 reúne diecinueve cortes que se mueven entre el exceso del experimento al mejor estilo de escritura automática de El Salmón, recuperando grabaciones de sesiones de aquella época, pero orbitando en todo el álbum un curioso aire que entrecruza al Lou Reed de la Velvet Underground, al Luis Alberto Spinetta de los Socios del Desierto o la facción más bluesy de uno de sus ídolos, Norberto ‘Pappo’ Napolitano.

CRISIS DE DESCONCIERTO
Y es que el disco, no tan estribillo-dependiente como cerca de órbitas que conectan más con el jazz, el blues o la canción experimental, nos muestra a un Calamaro que se acerca a otro tipo de formato canción, esa que nutre su facción más exploradora. Un disco que posiblemente no cantes nunca pero escuches como una suerte de banda sonora incidental.

Entre las peculiaridades más singulares del disco destaca especialmente la canción de apertura, ese Apocalipsis en Malasaña que pondrá música a El Bar, la nueva película de Álex De la Iglesia; las versiones random que aplica en el bolero Mareo de los Babasónicos, el Blues de Santa Fe de Pappo, Como el viento voy a ver de Pescado Rabioso o de la ranchera Que te vaya bonito de José Alfredo Jiménez.

Aun así, es la vis rockera más delirante, con ese Vampiro torero, Las almas agradecidas, Pánico en Benidorm o Cazador de ateos, las canciones que más desconciertan y bajan el nivel ya no del disco (no deja de ser un disco desconcertante en sí mismo, random en su filosofía, desordenado y de expulsión automática), sino de la obra en general de un artista que lo creíamos reencontrado con su mejor versión tras dejar nuevos grandes himnos en discos como Bohemio o La lengua popular.

UN NUEVO (Y BUEN) ANDRÉS SE ABRE A NUESTRO PASO
Los que busquéis trazas o resquicios del Andrés Calamaro con sus marcas de agua más reconocibles lo tendréis que buscar en canciones como Hasta el cielo, La Noche (que suena a versión algo devaluada de aquel Palabras más, palabras menos que daba título al icónico disco de Los Rodríguez) y Atunes y ballenas, aunque los cortes que realmente nos hacen confiar en una nueva faceta a explotar de Andrelo son Rock y juventud (que en su momento fue una parte del proyecto Canción de amor por un día, una canción de 24 horas capitaneada por Javier Corcobado con ilustres invitados) o El huevo y la gallina, dos temas con largos textos, recordándonos la facción del argentino más lirista, más cerca de Sabina que de sí mismo.

Asimismo, son especialmente ricos los juegos instrumentales, a medio camino entre la Velvet y la zapada funky, que presta en esas jam sessions de corte jazzy que destila en Trujillo Libre o La Burra. Esperemos que sus experimentos vayan más en la línea de estas dos facciones: los textos trabajados, las canciones largas, la colisión entre Lou Reed, Spinetta y Sabina; y las canciones instrumentales más lúdicas, demostrando que Calamaro no sólo es un artesano de canciones.

Andrés

Andrés Calamaro