9 diciembre, 2016. Por

Lambchop

Cuando la máquina conoció a Kurt Wagner
Lambchop

Alguien le ha instalado en su ordenador el auto-tune a Kurt Wagner. Alguien le ha comprado la discografía de Bon Iver y él se la ha puesto de hilo musical en los altavoces que tiene su casa de Nashville. Alguien le ha roto sus discos de country clásico.

Alguien, que posiblemente haya sido el propio Wagner, ha decidido hacer borrón y cuenta nueva en la idiosincrasia sonora de unos Lambchop que, cuatro años después de aquel sentido, grave, melancólico y casi teatralizado Mr. M en el que recordaba y homenajeaba a Vic Chesnutt, se dedica a orbitar en un universo nuevo, que mantiene las singularidades del proyecto (esa atmósfera grave, esa voz ajada en primer plano, esas melodías en movimiento, esa sensación de canción folk sin folk…) pero, a su vez, abre una vía binaria, más digital que nunca, en un nuevo camino para ese hombre llamado Kurt Wagner.

CUANDO LA MÁQUINA CONOCIÓ AL HOMBRE
No es fácil ser un símbolo del alt-rock-country desde antes que naciera esa etiqueta híbrida, casi treinta años moviéndose en una frontera invisible que divisa las facultades puristas del folk-rock americano de autor y las músicas alternativas; y decidir dar un puñetazo encima de la mesa: ceder tu corrugada voz, grave y a la delantera, a los devaneos del algo trillado auto-tune de nuestros días, sobre todo habiendo referentes tan identificables como Bon Iver, James Blake o Kanye West en el frente.

Pero Wagner arriesga con todo el equipo. Y lo hace desde el arranque, con una canción de apertura de casi doce minutos, sin un estribillo especialmente melódico, pero que se debate con la soltura del folk & soul de Van Morrison, la épica narrativa de Bob Dylan y Neil Young y un sonido de folk-rock de autor del Sufjan Stevens que atravesó las Américas (In Care of 8675309) pero también cuando juega con cavilaciones de jazz trip-hopero en un experimento casi de música lounge (Directions to the Can o la larguísima The Hustle), cuando se debate entre una suerte de piano-bar entre Kanye West y Tricky (JFK) o cuando presenta una versión 2.0 de Barry White (Old Masters).

Pero también cuando rehace la concepción de folk alternativa que se tenía de Lambchop. Especialmente cuando se interna auto-tune en la garganta para acercarse al sonido de Bon Iver (Flotus), cuando inyecta sonidos raros sobre una melodía folky a lo Sparklehorse (Writer), cuando coquetea con una especie de folktrónica-jazz de ritmo encendido (Relatives #2) o cuando, simplemente, juega sin un objetivo aparente, como una improvisación venida a más que lo lleva a lugares nuevos y especialmente experimentales (Howe o NIV).

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