30 diciembre, 2016. Por

Vuelta a casa de mi madre

La burguesía en apuros
Eric Lavaine regresa con otra comedia francesa de pijos en apuros que no acaba de cuajar con la realidad de la mayoría
Vuelta a casa de mi madre

Uno de los temores más frecuentes cuando estás soltera o divorciada y te acercas a los cuarenta —edad en la que se espera que ya tengas la vida resuelta— es quedarte en paro y tener que volver a instalarte en casa de tus padres (peor aún si no tienes esa posibilidad, pero esa es otra historia). Un miedo que el director francés Eric Lavaine, consciente de la inestabilidad económica que sigue azotando a Europa, aprovecha para trasladar a su terreno con la comedia Vuelta a casa de mi madre. Hasta aquí bien, la pega viene cuando ves que su manera de hacerlo es desde la perspectiva de la clase burguesa acomodada, esa a la que suele recurrir para hablar sobre prácticamente cualquier tema, independientemente de la carga dramática que pueda conseguirse barajando otros parámetros, y por supuesto sin un ápice de crítica social.

El resultado acaba siendo otro paródico retrato de una familia de pijos en apuros que no acaba de cuajar con la realidad de la mayoría. Que a algunos les pueda servir para soltar un par de carcajadas con lo absurdo de ciertas situaciones vale, pero no parece suficiente para ser catalogada como una buena comedia (en mi caso ni siquiera como comedia).
Lo mejor del film sin duda es la historia de amor secundaria entre la madre de la desafortunada arquitecta en quiebra (una estupenda Josiane Balasko en el papel de viuda apasionada e independiente, también maternal pero bastante harta de los tiranos de sus hijos) y su vecino del cuarto piso, ambos cuasi septuagenarios pero con más vitalidad y carisma que cualquiera de los otros involucrados en la trama. Lo peor, el resto.

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