7 diciembre, 2016. Por

María (y los demás)

Cuando ‘los demás’ son prescindibles
María (y los demás)

La soledad acecha como un mal temido por muchos, ansiado por otros. El hecho de no querer estar a solas con uno mismo es señal de inconformidad, miedo a reflexionar demasiado sobre qué somos, en qué nos hemos convertido y qué ficha movemos a continuación. Como decía Orson Welles: “Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Sólo a través de nuestro amor y amistad podemos crear la ilusión por un momento de que no estamos solos”. Esa ilusión termina por convertirse en un pilar fundamental para todos aquellos que no saben disfrutar de la soledad. Pero, ¿qué pasa cuando la ilusión desaparece?

En María (y los demás) queda claro quién es la protagonista. Sin embargo, para María, ese paréntesis que ocupan los demás justifica su existir. Desde que murió su madre, ella ha sido la responsable de su familia. Por eso, cuando su padre enfermo (del que lleva años cuidando) anuncia que se casa con una casi desconocida, su mundo se desmorona. La responsabilidad desaparece, el abandono llega. Después de que sus hermanos se hayan metido en hipotecas, amor, embarazos y emigración, lo único que le quedaba para no enfrentarse a sí misma se desvanece ante sus ojos.

Bárbara Lennie es la encargada de dar vida a esta chica/mujer infeliz. La actriz, que consigue transmitir la desesperación interior de su personaje, es de los pocos elementos que hacen interesante a la película. La debutante Nely Reguera se ha dejado arrastrar por lo novel y no consigue dar con el ritmo adecuado, ni el interés suficiente para tratar lo que podría haber sido un buen guion. Habrá que esperar a las siguientes oportunidades.

María (y los demás)