7 diciembre, 2016. Por

Hasta el último hombre

Mel Gibson vuelve a pura épica ultracristiana
Hasta el último hombre

Hace poco, con motivo del estreno de Blood Father, una modesta, pero simpática, cinta de acción, afirmamos que tras una década perdida salpicada de escándalos, 2016 podría ser el comienzo de la redención de Mel Gibson. Su primera película en diez años, Hacksaw Ridge, estrenada en España bajo el título de Hasta el último hombre, es terriblemente fiel a las que podíamos llamar sus señas autorales; se las arregla para convertir una pequeña producción sobre un atípico héroe de la Segunda Guerra Mundial en una brutal parábola religiosa sobre la fe en tiempos de violencia.

No es ni de lejos lo mejor que ha dirigido (Apocalypto continúa siendo, sin duda, su obra maestra), pero muestra que, a pesar de todos estos años de alejamiento de las cámaras, sigue en forma y con ganas de guerra. Desmond Doos (1919-2006) fue el primer objetor de conciencia en recibir la más alta condecoración militar estadounidense, la Medalla de Honor el Congreso. Se alistó en el ejército para luchar contra los japoneses, pero se negó a llevar armas por fidelidad a sus principios religiosos, como Adventista del Séptimo día, y se convirtió en un héroe al llevar hasta un lugar seguro a setenta y cinco heridos durante una de las últimas, y más sangrientas, batallas del conflicto, la de Okinawa.

Su biopic está dividido en tres partes; la primera nos relata rápidamente la formación de Doss (un convincente Andrew Garfield, que sostiene toda la película demostrando que es uno de los mejores actores jóvenes de Hollywood), en una familia desestructurada, dividida entre la fe religiosa de su madre (Rachel Griffiths) y el carácter intratable de su padre alcohólico, un veterano marcado por sus experiencias durante la I Guerra Mundial, interpretado por un gran Hugo Weaving (V de Vendetta, Matrix). Conocerá a una enfermera, la dulce Dorothy Schutte (Teresa Palmer) en el hospital local, de la que se enamorará y que le inspirará el deseo de dedicarse a la medicina. Todo esto se cuenta de una forma telefilmesca y rutinaria, tal vez a causa del guión plagado de clichés de Robert Schenkkan, Randall Wallace y Andrew Knight o porque ni siquiera Gibson parece muy interesado en esa parte de la biografía de su protagonista.

Todo se empieza a animar cuando empieza la guerra. Doss se alista y, durante su entrenamiento, su paradójica negativa a tomar las armas, provoca la hostilidad de sus compañeros y superiores, el sargento Howell (Vince Vaughn) y el capitán Glover (Sam Worthington). Digamos que esta fracción de la película es una versión abreviada de la primera mitad de La chaqueta metálica, con Doss como estoica víctima de continuos maltratos e intentos de que deje el ejército, que caen en saco roto ante su entereza.

Y de aquí vamos al momento cumbre de la cinta: Okinawa, una desolada cumbre llamada Hacksaw Ridge en la que se han atrincherado los japoneses y contra la que cargan una y otra vez los norteamericanos, dejando cada enfrentamiento centenares de bajas en ambos bandos. Después de una hora y pico a ralentí, Gibson se desata y nos ofrece unos frenéticos, implacables treinta minutos de combate hiperrealista, con montañas de cadáveres, bayonetazos, explosiones de artillería, cuerpos atravesados por la metralla, despedazados por las granadas o los morteros, abrasados por los lanzallamas, que nos recuerdan inevitablemente a la ya clásica secuencia del desembarco en Normandía de Salvar al soldado Ryan. Y en medio de ese caos sanguinolento, está Doss, armado con la cualidad que más admira Gibson: una fe indestructible.

Como la mayor parte de los protagonistas de sus películas (ya sean un indio maya, un rebelde escocés o el mismo Jesucristo), su camino de salvación y gloria pasa a través del sufrimiento. Por supuesto, en una película tan maniqueísta no puede haber medias tintas: los soldados norteamericanos a los que Doss trata de salvar la vida representan el BIEN; sus enemigos, los japoneses, por el contrario, son seres inhumanos, máquinas de matar o morir o quizás insectos homicidas, como los de Starship Troopers. Desde luego, esto no es Cartas desde Iwo-Jima.

La reacción del espectador ante la visceral, extravagante y tremendamente sádica teología de “Mad” Gibson puede ser de un absoluto desconcierto (en pocas películas contemporáneas resulta tan obvio que estamos siendo sermoneados), pero hay que reconocerle cierto valor. Como su protagonista, es un hombre iluminado por su fe. Esperemos que en su siguiente rodaje pueda aprovechar sus magníficas cualidades como director de acción y se deje en casa, al menos hasta cierto punto, al predicador religioso.

Hasta el último hombre